Versiones ultra-sofisticadas.

Toma dos o tres líneas y hazte preguntas locas. Pensemos en demografía, wearables y ancho de banda. ¿Qué pasa cuando de repente conectas a las cuatro mil millones de personas que usarán internet por primera vez en esta década con ropa/accesorios diarios inteligentes que pueden sensar/compartir/almacenar datos en tiempo real sin toser? Al momento de redactar estas líneas, fábricas en todo el mundo corren contra reloj para producir millones y millones y millones de mascarillas que nos ayuden pronto a retomar nuestras actividades fuera de casa. En esta primera etapa, vamos a poner más de lo mismo en el mercado: mascarillas desechables, de tela, de grado quirúrgico y demás. La disrupción funciona cuando varios puntos aparentemente inconexos convergen rápidamente de forma violenta en un espacio donde nadie lo esperaba. Y creo que la política local será una de esas cosas. Un desarrollo interesante que se está dando en estos días es el de máscaras de nueva generación: equipo de uso diario con capacidades de realidad aumentada, infrarrojos, cámara 360, HUD, reconocimiento facial, audio y video de computadora, protección contra infecciones y contaminación ambiental, display flexible para fines de estilo, micrófono, sensores olfativos para oler más y mejor. Funciona así: primero cubriremos lo básico (las mascarillas típicas que el mundo conoce) y luego viene la innovación que acabo de compartirte —esto, por cierto, no es un sueño, ya hay prototipos serios andando. El asunto va a dividir inmediatamente al planeta en dos: los que van a adquirir estas versiones ultra-sofisticadas desde el día uno y los que no. Así pasa siempre. Los primeros tienen hoy la ventaja que la moda ha cambiado gracias al coronavirus y donde antes sólo era «normal» ver gente con el rostro cubierto en Asia hoy nadie levantará cejas al respecto en Occidente. El asunto irá normalizándose y más y más y más personas adquirirán estos wearables porque serán el estándar. Piensa que para esos nuevos miles de millones de usuarios que llegarán a la tecnología en estos próximos diez años, tal oferta será «normal» igual que para nuestros hijos la magia de Netflix y Facetime lo son. Recuerda cuando los smartphones aparecieron y tu tía y amigos tacaños decían que no veían el caso a tener uno si su «ladrillo» en turno funcionaba muy bien para lo que se suponía era un celular: hacer llamadas. Tu tía y tus amigos tacaños hoy tienen un iPhone y no pueden vivir sin él. Bien. Establecido el punto de que vamos a usar de manera natural mascarillas ultra-sofisticadas de forma bastante común, piensa en el efecto de variables como la calidad del aire. Puedes tener un recordatorio constante del promedio de días buenos versus días malos en tu display interno (vas a ver el mundo como Terminator). Probablemente estoy siendo demasiado simplista y lineal, pero esto va a tener un efecto en la elección de autoridades locales que favorezcan «zonas limpias» versus los que no pongan énfasis en el tema justo como así hoy en mi ciudad votamos por quienes construyen más infraestructura notable. Esto de wearables en la cara que nos arrojen información en tiempo real y nos hagan lucir cool ya se intentó hace años con resultados desastrosos para el mercado de consumo masivo. Pero si la sociedad global ha aceptado de la noche a la mañana encerrarse voluntariamente para combatir el esparcimiento de un virus generando así un comportamiento jamás visto en la historia de la humanidad a esta escala, bueno, esta es nuestra nueva «normalidad». Y trae consigo muchos otros cambios. Entrena en anticipar algunos.

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