Una bandera llamada certidumbre.

En su conjunto, las personas celebran la certidumbre por encima de casi cualquier cosa. Nos encanta creer que entendemos aquello que se acerca desde el horizonte, que comprendemos las motivaciones de alguien o que tenemos claro cómo funciona el mundo. Hay un fuerte orden biológico por el cual esto es así: la certidumbre nos permite repetir los patrones exitosos de comportamiento que nuestros constantes ejercicios de prueba y error nos regalan. Certidumbre es cuando esa fruta pequeña de color rojo que huele deliciosa siempre, siempre, siempre es segura al comer mientras que la que luce y huele sospechosa, bueno, ofrece resultados inciertos. La certidumbre es el piso sobre el cual se pueden construir organizaciones y sociedades hasta cierto punto. Para llevarlas al siguiente nivel se requieren individuos con capacidad de jugar en planos mentales caóticos. Con la certidumbre como bandera no creas un Google ni un Facebook. Con certidumbre no participas en la verdadera arena de la innovación. Este último punto es el culpable de mi desdén por todos esos programas académicos que quieren enseñar emprendimiento avanzado desde un currículum que te dice claramente a dónde vas a llegar. No funciona así. Si una clase universitaria te enseña a crear un plan de negocios con todas las variables claras y un resultado altamente predecible, ni es un plan, ni es negocio, ni has aprendido realmente nada. Regresando al tema, la incertidumbre vuelve loca a la gente cuando se las muestras fuerte y constantemente. Esto lo consigues cambiando de opinión. Cambiar de opinión es algo que no celebramos. No nos gusta la chica que ingresa a ingeniería ambiental para luego abandonar el asunto y dedicarse a grabar videos profesionales de ASMR en YouTube. Desenfocada. No sabe lo que quiere. Está confundida. En realidad todas esas frases dicen algo más profundo: no entiendo por qué ha actuado de la manera que lo ha hecho y me molesta, ataca mi sentido de orden en el universo, no puedo predecir qué va a hacer, su comportamiento no me regala certidumbre. Las personas parece que entre menos agudizados estemos sobre nuestras habilidades, más certidumbre necesitamos. En otras palabras: si cualquier cosa nos ofende y desbalancea, solemos votar por cuestiones que nos mantengan lo más estables posibles porque todo lo demás en realidad nos aterra. Cambiar de opinión no es algo positivo/negativo por sí mismo, pero sí es un requisito para pasos exponenciales, para resultados radicales, para ganar un juego altamente competido. Que no te dé miedo cambiar de opinión. Ten una mentalidad ligera y flexible que te permita dar vueltas, pausar, moverte y acelerar ahí donde todos los demás dudan, se aterran o analizan hasta el punto de la parálisis. Cambia de opinión a cada rato. Vas a volver locos a muchos, ¿y luego? No lo estás haciendo para fastidiar a alguien sino para conseguir resultados sorprendentes. Quema la certidumbre como tu bandera predeterminada.

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