Tribu global.

Mi red social favorita es Twitter. Y te voy a explicar por qué es así.

A finales de los noventas, la tecnología IRC permitía crear chatrooms para platicar con gente agrupada en temas como «estamos viviendo nuestros veintes» o «política». Era hermoso por lo arcaico: enviar un archivo JPG era exótico y tedioso al mismo tiempo, un clip de película o un MP3 no era nada comparado con las velocidades de hoy en día. La creatividad se expresaba con arte ASCII y acrónimos estilo «ctc» o «asl» («care to chat?», «age, sex, location»). Las herramientas basadas en IRC —como mIRC, mi preferido— nos permitían saltar de un cuarto virtual a otro con la ligereza que exploramos hoy el catálogo de Netflix. Como hasta la fecha, lo que más vendía era el sexo y prácticamente todo el mundo intentaba ligar en estos lugares. Lo interesante radicaba en que en una misma sesión podías platicar con alguien de Rusia en esta esquina, con alguien en Japón en esta otra y con alguien en Chile por allá. Si tenías suerte en el azar de la vida, a veces encontrabas personas con las cuales chatear a gusto sobre temas afines y luego intercambiabas correos electrónicos. El internet actual es maravilloso pero ha tenido que ir cediendo a los espantos sociales que pusieron el anonimato y la apertura como enemigos a crucificar. Lo entiendo. Y durante mucho tiempo extrañé poder conectar con gente nueva de manera significativa. Twitter funciona como el mIRC de hoy para mí. Puedo meterme en conversaciones inteligentes con perfectos desconocidos y no necesitamos una base de amistad previa o conocidos o experiencias sociales/profesionales en común para poder interactuar profundamente. Hace unos meses respondí a un comentario de @tfadell, el tipo que inventó el iPod. A los pocos minutos recibí la notificación de que le había gustado mi comentario. Ayer @StevenLevy —el tipo que entrevistó mil veces a Steve Job y lo siguió en prácticamente toda su carrera— también premió uno de mis tweets. Hoy por la mañana, @naval —inversionista en Uber, Twitter y uno de los emprendedores más admirados— respondió a una de mis contribuciones. El año pasado que pasé un mes en Asia, un inversionista de Londres me contactó para reunirnos en Shenzhen a tomar un café. No sé tú, pero no concibo otra herramienta digital que me permitiría en este momento interactuar con gente así de manera tan fluida.

Mi relación con Twitter no siempre fue buena. Cuando comencé a intentar usarlo, allá por dos mil once, la realidad es que ya era adicto —como lo sigo siendo— a Facebook. Me encanta escribir sin preocuparme por el límite de caracteres y publicarlo en esta «zona especial» conocida como Fan Page para mis lectores. No entendí Twitter porque en aquel entonces no me di cuenta que el truco reside en cuidar con precisión a quién sigues. Si dejas esto al azar, Twitter se vuelve el basurero que muchos piensan que es. Tengo amigos derechistas y ultra-derechistas e izquierdistas y ultra-izquierdistas entre mis contactos ahí, pero jamás me engancho con sus peleas diarias porque eso sería decirle al algoritmo «quiero más de eso» y no, no quiero más de eso. ¿Para qué si ya lo tengo en el periódico y en la vida real donde la gente no se entiende y discuten de forma poco inteligente por cosas que realmente tienen poca trascendencia? Yo educo al algoritmo de Twitter premiando el contenido que me encanta. Esto se hace dando likes, retuiteando y respondiendo. Twitter pronto aprende con qué te enganchas —y con qué no— y como toda buena red social, te da más de eso para que por favor te quedes ahí.

Tuve mi primera cuenta en Twitter durante varios años sin utilizar realmente. Quería hacerla funcionar como lo hago en Facebook: prácticamente de forma unidireccional donde sólo publico mis ideas, la audiencia hace lo suyo y yo básicamente jamás interactúo. Twitter no te va a dar una rica experiencia si no interactúas. Te decía que soy adicto a Facebook, pero es de forma diferente. Facebook es un auditorio donde lanzo contenido mientras que Twitter es la sala de una casa donde hay una reunión casual a la que llegaste porque la puerta estaba abierta y el amigo del amigo del amigo de tu amigo te dijo que lo alcanzaras ahí. No consumo contenido en Facebook. Sólo produzco. En Twitter consumo y produzco. En un cóctel de bienvenida para un evento importante me presentaron a una actriz muy famosa. Platicamos y nos llevamos bien. Me avisó al día siguiente «ya te sigo en Twitter» y me sentí decepcionado. «¿Para qué en Twitter si ni lo uso ni me gusta?», pensé. Hubiese dado uno de mis dedos a cambio de su follow en Facebook en aquellos años porque para mí eso era lo importante. Luego, otro tiempo-espacio, me encontré en la oficina del director general de una gran empresa del país, de esas que cotizan en Bolsa y llevan décadas en el mercado, y platicamos sobre libros y demás cuando mencionó que le había gustado ver que seguíamos y nos seguían varias personas similares en Twitter.

Después tuve una de esas rachas donde quiero resetear mi realidad y borré aquella cuenta donde me seguían personas importantes. Abandoné Twitter por un par de años.

Y regresé. Simplemente porque los eventos a los que me gusta asistir ejecutan muchas interacciones en la red y al igual que LinkedIn, tener Twitter es como adquirir la membresía para decir «estoy en la misma frecuencia high-tech que ustedes». De repente y de la nada, mi experiencia en Twitter se volvió increíble porque abandoné la tonta idea de querer explotarla como lo hago con Facebook. Dejé de ver a la red como un punto para exhibir mi contenido sino para conectar de forma natural. Muchas de las personas que están construyendo las cosas más interesantes del mundo están transmitiendo sus pensamientos en tiempo real ahí. Y puedo leerlos y comentarlos sin fricción alguna. Caray.

Inicio mi día con Twitter. Es lo que más me entusiasma. Me encuentras en @aaronbenitez_. El dolor de cabeza del límite de caracteres, los ataques de trolls y la falta de un botón para editar el contenido una vez publicado, bueno, son impuestos menores a cambio del retorno que obtengo al conectar digitalmente con la tribu global de alto nivel a la que toda mi vida he insistido en pertenecer.

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