Todos debemos traerla puesta.

Ayer «regañé» a un joven que no traía cubrebocas mientras trabaja con comida y de frente al cliente. «Amigo, ¿y tú por qué no traes cubrebocas?», le pregunté. No sé qué respondió, pero era una excusa tonta. «Todos debemos traerla puesta». Ya no dijo nada y desapareció. «Te salió lo (palabra mexicana perfecta para describirme la mayoría de las veces)», me dijo mi esposa. El estándar que aceptemos de los demás es a lo que decidimos rendirnos. Los estándares hay que taladrarlos para que permeen. Yo no acepto dramas en mis colaboradores. Tampoco los hago. Yo no acepto historias de parte de gente a mi alrededor que busca que yo me sienta mal por ellos para darles más tiempo o aceptar un resultado de mala calidad. Tampoco las cuento. Hay que hacer lo que hay que hacer. Hay que usar la mascarilla, incluso si te da calor, te incomoda o demás. Si te da pena exigirlo a alguien, piensa que estás contribuyendo a que este tipo de personas contagien a gente vulnerable que va a morir traumáticamente en un hospital porque tú no quisiste decir lo que tenías que decir. Y antes de que me digas que soy exagerado, ¿cómo sabes que estoy exagerando? A menos que tengas poderes supernaturales para ver el camino del virus en tiempo real y efectivamente puedas determinar que esa persona no lo tiene y no lo está esparciendo, es lógico y vital asumir que sí, que es portador y que va a poner a otros en peligro por su tonta necedad y tu rechazo a una confrontación que vale la pena.

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