Todo lo que (no) podemos cambiar.

La sensación de que hay demasiadas cosas que componer en el mundo es una que fácilmente nos lleva a la frustración. En una conversación reciente con amigos empresarios los escuché comenzar a hablar de las malvadas megaempresas de alta tecnología que desarrollan los dispositivos que vuelven tontos a los niños, los gobiernos que no regulan nada bien ni a tiempo, la sociedad que pierde aceleradamente sus valores y etcétera. No estoy en contra de estos puntos, pero algo en lo que intento entrenar a diario es dejar de aventar culpas a diestra y siniestra. Comencé mi perorata diciendo que somos seres altamente sensibles que nos encanta activar nuestro radar para encontrar ofensas en cualquier rincón posible y que la tecnología empoderada por internet nos permite justamente esto: localizar en tiempo real esos puntos neurálgicos que activan nuestro enojo artificial. Enojo artificial: aquello que has decidido que está mal porque así te lo han taladrado sin piedad y que sientes que debes combatir con cuerpo, corazón y alma pero que probablemente hace doscientos años era normal y que probablemente dentro de cien volverá a serlo —piensa en temas como el alcohol, las drogas, la poligamia (en ambos sentidos) y etcétera. Lo que te enoja te controla. Luego de ubicar todos los puntos incorrectos del mundo, tratamos de conseguir algún mapa que nos guíe para componer a la sociedad pero nos damos cuenta de lo minúsculo que resulta nuestro potencial impacto individual. Y entonces nos paralizamos y hacemos nada (positivo). A mis compañeros de la reunión les comenté que teníamos que poner en perspectiva nuestra posición: que somos personas con empresas, con colaboradores, socios, familias y amigos que constantemente voltean a ver nuestro comportamiento. Estas personitas moldean su comportamiento ante el mundo en mucho considerando lo que gente como nosotros hacemos (o no). Tenemos que darnos cuenta de la ligereza con la que propagamos un bajo desempeño gracias a las benditas redes sociales. Nos encanta ir viendo cómo nuestros feeds nos alimentan con temas que activan el núcleo de cada una de nuestras mitocondrias. ¿Cuáles suelen ser típicamente nuestros siguientes pasos en automático? Comentar con coraje no para encontrar un punto medio sino para atacar, compartir para difundir nuestra rabia y al final engancharnos sin control como cualquiera lo haría. Y justo eso es lo que nos convierte en cualquiera. ¿Por qué estar alimentando aquello que nos ofende? ¿Es realmente esa la manera en que el asunto va a dejar de existir o disminuir su presencia en el mundo? Imaginen —les dije— que hablamos de ideas, de libros, de personas en términos positivos, de lugares, de actos, de organizaciones y eventos que podemos crear en conjunto. Si propagamos armonía de forma constante, esto va a permear porque tal es la virtud de ser parte de una red: todo se mueve. El problema es sentirnos dueños del ángulo correcto para impartir justicia y creer que avanzamos en la vida cuando lo único que hacemos es reaccionar a cada impulso como lo haría un tipo desenfocado. No podemos cambiar todo ni podemos hacer cambios muy rápidos, pero sí podemos influir con fuerza en nuestra red. Opciones: podemos insistir, insistir e insistir en términos elevados, propositivos y genuinos en lo que sí queremos ver o continuar propagando lo que está «mal» dándole nuestra atención sin división. Hay muchas cosas que en lo personal me ofenden, muchas que detesto con todo mi corazón, otras de actualidad sobre las que quisiera reaccionar y compartir mi opinión con pasión, pero sé que contenerme es disciplina y que esto es lo que me permitirá alterar el resultado para conseguir lo que quiero. No soy idealista. Quienes me conocen saben que no soy un hippie amor y paz. Soy fan de la arista buena del capitalismo, soy empresario con cientos de problemas cada semana en todos los sabores y colores que gustes, soy un tipo preocupado por el futuro de sus tres hijos. No hablo desde el púlpito del que no vive en el mundo real ni tiene problemas. He construido en diez años una comunidad que tiene resultados que me superan y me enorgullecen ejecutando las notas que comparto aquí contigo hoy. Y te puedo decir que la satisfacción sí llega. En el largo plazo, claro está. Amiga, amigo: no reacciones, no te desesperes. Que lo que compartas en tu red social sea tan genial que en cualquier momento dado puedas sentir orgullo al presumirlo públicamente, que tus tataranietos vean la altura de miras en la que trabajaste duro para ubicarte. Con esto, que es bastante, puedes comenzar en serio a cambiar el mundo. Puedes inyectar TAD (Tiempo, Atención, Dinero) a lo que quieres destruir o a lo que quieres construir. Es tu decisión. Sé una PAD —Persona de Alto Desempeño— seleccionando la opción «construir» como tu modo de comportamiento predeterminado.

Print Friendly, PDF & Email

Un comentario en “Todo lo que (no) podemos cambiar.

  1. Hola Aaron, me gusta mucho tu perspectiva de la vida, no sé si sea el momento adecuado, pero mi comentario tiene que ver con el podcast en donde contaste de tu caída y eso me hizo pensar en lo normal que es tener nuestra rodilla sana y encontrar las llaves, pero cuando no es así, el caos llega, aún en lo cotidiano, y pensé en la teoría del caos y bueno,…pero luego pensé en los momentos cotidianos en los que podría no estar reparando, miradas o gestos o esperas de los que amo y me importan y para mi eso fue lo que resonó en mi interior con tus palabras, así que eso…y gracias, muchas gracias.

¿Qué opinas? Únete a la conversación.