Tiempos y lugares donde puedas sonreír.

Una de las opiniones más impopulares con las que me suelen sacrificar aquí en internet es con respecto a la educación universitaria. Al lado de la religión, la democracia y tu equipo de fútbol favorito, éste es un tema que agita las fibras más sensibles de la gente.

Sorry, not sorry.

“Es que piden el título para los trabajos”, me suelen responder miembros de la audiencia cuando les pregunto por qué insisten en terminar la universidad.

“Empresas de la vieja guardia sí, te lo van a pedir. Y también te van a decir que tienes que enviarles una foto en blanco y negro sin aretes, sin maquillaje, con rostro seria casi triste, en el peor modo posible”. ¿En serio quieres trabajar en un lugar que te dice así que sonreír es malo?

Esa es la vieja guardia.

Tesla, Apple, Facebook, Google y demás compañías que están construyendo los próximos doscientos años de la humanidad jamás te van a decir que no sonrías en alguna de las fotos corporativas que les corresponda tomarte.

¿Sabes? De hecho no te van a pedir un título universitario.

Sobre la universidad, Elon Musk ha dicho que su valor radica en que es un espacio para divertirse. Yo te digo que es el último reducto social aceptado que sirve de guardería para personas que todavía no son realmente adultos pero les gusta comportarse así ocasionalmente.

Un gran especialista del tema, Sir Ken Robinson, explica que si analizamos fríamente el resultado más optimizado de una educación universitaria, lo que podríamos concluir es que todo el asunto está diseñado para producir más profesores universitarios.

Si vas y le preguntas a tu maestro sobre la importancia de la universidad, te va a decir que es vital.

Si vas y preguntas a un técnico de máquinas de escribir mecánicas sobre la importancia de las mismas, te va a decir que siguen siendo necesarias cuando no hay electricidad o cuando a las computadoras se les acaba la batería.

Yo quiero que mis hijos vayan a buenas universidades. Y no por los “conocimientos”. Quiero que conozcan gente, que tengan un espacio de interacción relativamente sano para su edad y que se expongan a algunas ideas. De ninguna manera estoy pensando que estas universidades los harán líderes o mejores pensadores o que les darán mágicamente habilidades cruciales para navegar un futuro incierto. De eso tengo que encargarme yo.

Casi nadie nos dice esto cuando vivimos en cierto nivel socioeconómico donde las frases se repiten sin comprobar: “un diploma universitario te da seguridad”, “una educación universitaria te permite tener empleo”, “eres un fracaso si no te gradúas de la universidad”.

Sería ridículo pensar que para poder utilizar la laptop con la que estoy escribiendo esto y capitalizar en oportunidades y recursos el contenido e ideas que produzco a diario tuviera que haberme encerrado cuatro años para aprender “cómo hacerlo”.

Claro que aprendemos cosas en la universidad, pero el gran problema es el ritmo con el que te entrenas a aprenderlas. Te acostumbras a pensar que para insertarte en temas complejos las cosas funcionan de semestre en semestre cuando la realidad es que puedes adquirirlas en tres semanas sin dormir y listo. De hecho, así es como funcionan la mayoría de los modelos universitarios: el verdadero trabajo se hace al final para aprobar las materias. Si quieres saber más sobre series de Fourier, la transformada de Laplace, cálculo vectorial, microbiología, ergonomía, mecánica de fluidos, termodinámica y demás, todo eso está a dos clics de distancia, bien explicado, con notas actualizadas y ejercicios.

Lo único que estos tutoriales no te dan es un papel que tu abuelo y las empresas de la vieja guardia van a aplaudir. Para disfrazar un poco ese hueco, ahora emiten también certificados con el logotipo de la compañía que los produce, pero ni tus abuelos ni el gobierno ni las empresas de la vieja guardia aplauden todavía eso.

¿Sabes por qué las empresas de la vieja guardia continuan diciendo que quieren un reconocimiento oficial de educación superior? Porque hace mucho más fácil su tarea de tener un grupo de candidatos calificados. Es decir: llegan menos personas que en teoría podrían cumplir las actividades del puesto. Si hablas inglés y tienes las habilidades técnicas que solicitan, tienes oportunidad de ingresar, créeme. Ellos saben que tu diploma no significa mucho en realidad, pero jamás lo van a admitir así.

La educación universitaria se ha venido devaluando desde finales de los noventas, justo con el florecimiento de la tecnología de cómputo personal. Es como los combustibles fósiles: todavía seguirán andando una o dos décadas más en lo que nos adaptamos a un modelo distinto de pensar y actuar.

No tomes esto personal. No te estoy atacando. No quiero que la gente tenga menos oportunidades. Al contrario: quiero que las tengan de forma mucho más rápida y que puedan insertarse en una economía genuinamente global, de largo plazo y poderosa.

Estudiar cuatro años para obtener un empleo en el que te pagan unos siete mil pesos al mes no está bien. Punto. Y esto es lo que está ocurriendo con la inmensidad de egresados de un sistema obsoleto. Pero nadie quiere levantar la voz y decirles que resolver tareas, entregar proyectos, asistir a clases, tomar exámenes y cumplir requisitos administrativos no te convierten en el pro que todos te juraban que ibas a ser.

Hace años, cuando iniciamos con VERSE Technology, nuestra empresa de alta tecnología, cuatro de los cinco socios fundadores no estábamos titulados. Hoy, tres seguimos sin un papel oficial. Nuestra compañía tiene andanzas internacionales con Bosch, Hitachi y Microsoft, ésta última fundada por un tipo que ni siquiera le interesó graduarse de la universidad más prestigiada del mundo.

Considera que estás leyendo esto en la creación de un tipo apellidado Zuckerberg que abandonó esas filas para crear una red social. Probablemente estás sosteniendo un dispositivo de la empresa creada por otro tipo de apellido Jobs que sólo tomó un semestre de carrera universitaria.

Repito: hay valor en asistir a espacios donde conectas con personas con diferentes visiones del mundo, donde escuchas otras ideas, donde puedes organizar eventos, viajar para hacer un intercambiar, desarrollar varias relaciones, etcétera.

“Aarón, ¿qué estás diciendo? ¿me estás incitando a que abandone ya la universidad?”

Estoy diciendo que estando ahí hagas las cosas que importan: organiza eventos, funda clubes, únete a ellos, enamórate, viaja, vive lejos de tus papás, lee libros, conecta con gente de otras áreas, platica de cosas exóticas. Sumérgete al mismo tiempo en Python, ten una cuenta en GitHub, crea un canal en YouTube, desarrolla una audiencia, ten una newsletter, entrevista a personas geniales en tu podcast.

Luego trabaja en SpaceX, Twitter, Spotify.

«Aarón, ¿estás diciendo que no haga caso a mis papás?»

Te estoy diciendo que ni tus papás, ni tus maestros, ni tus amigos tienen una idea de lo que viene. Yo tampoco. Pero al menos me permito aceptar lo que ya terminó, lo que ya murió. Una economía que premie la lentitud en toma de decisiones (cuatro años para determinar si eres bueno en algo, eso es la universidad) ya no funciona.

Por favor, abandona el sueño de un empleo en empresas como Pemex. De hecho no es tu sueño. Te lo instalaron y ahora ocupa tus fantasías porque en tu mundo se resisten a entender que esos salarios y esa bonanza legendaria ya murió. Es el pasado. Merecemos el fracaso cuando la nostalgia guía nuestras decisiones.

Tú sé moderno, digital, minimalista, rápido y global.

Selo.

Ubícate en tiempos y lugares donde puedas sonreír.

– A.


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