Telegramas desde Shenzhen /02

Corro cinco kilómetros a las siete de la mañana con diecinueve grados en Bao’an Park a pocas calles del hotel. Es la primera vez que corro entre tantas pendientes salvajes que exigen mi mayor disciplina emocional y dureza mental. Sesiones grupales de Tai Chi por aquí y por allá, música oriental por aquí y por allá, belleza arquitectónica y botánica oriental por aquí y por allá. Cuando te metes a un lenguaje de programación nuevo y entiendes la lógica pero no la sintaxis el asunto es ligeramente frustrante pero no imposible de abrazar. Lo mismo me pasa aquí. Entiendo la lógica de los anuncios por todos lados aunque me resulta difícil acceder a los puntos finos de cada idea. Ya extraño el café, así que busco un Starbucks y cuando lo encuentro pido por curiosidad un «latte capuchino», que así lo tienen listado. El joven entiende que quiero un latte + un capuchino. Ni siquiera intento aclarar el asunto. Me meto a un Walmart que es una octava parte de un Walmart real en occidente. Al mediodía voy de nueva cuenta a la fábrica cerca del Taihua Wutong Industrial Park. Reuniones. Té, té, té, té, té, té y un cigarro chino. Estaba fuerte. Más té. Mandarinas premium. Estoy tomando montones de té en China. Todo el asunto me parece muy cliché y por ende adorable. Me muestran las tarjetas PCB de nuestro dispositivo y la etapa de producción en la que están y salgo contento porque el asunto va avanzando muy bien. Me despido y camino hacia Jinwan Avenue. Estamos cerca del aeropuerto y aviones van y vienen a cada instante, ya sabes, en ese estilo donde están tan cerca que parecen como efecto especial de película de Hollywood donde un drama inminente se aproxima. Llego al Xiwan Binhai Park, mi segundo parque del día pero éste pegado al mar y adornado con un puente donde circula el tren de la ciudad hacia la terminal. El lugar es hermoso, alargado y elegante. De alguna forma extraña los pájaros, los aviones, los trenes, los autos y los niños componen una sinfonía a la que me acostumbro rápidamente. Camino entre piedras con manglares junto al mar y de repente entiendo algo que sólo había «experimentado» en novelas: estoy caminando en la costa China. Imagino mi posición en un mapamundi. Decido regresar al hotel cansado después de un buen rato de vagar. Encontrar un taxi en esta zona no resulta fácil. Camino, camino, camino y no puedo solicitar uno en WeChat ni llamar por teléfono porque, bueno, todo está en chino. Encuentro un hotel, hablo con una de las recepcionistas que no se pone nerviosa por el reto del inglés. La chica le grita a un tipo. Éste se acerca y grita más. Todos gritan y yo no sé si van a declarar la guerra a mi país o solucionar mi transporte. Por fin me informan que sí, que me pueden llevar a mi destino. El gusto de hacerlo me va a costar el doble del precio que me cobraron por llegar aquí. Activo entonces mi primera negociación callejera directa en este país. Quedamos todos inconformes y listo. Mi conductor y yo vamos platicando sobre el tráfico y zonas turísticas y que si México está cerca de Estados Unidos y yo sí pero somos diferentes y así. Interacción cortesía de la función «Conversation» en Google Translate. Debí haber cambiado más dinero a mi llegada porque ahora me quedo sin yuanes y se inicia así la estresante aventura de encontrar un p ATM que acepte VISA. Todo un reto que se traduce en un recorrido de hora y media haciendo experimentos en la noche en media docena de sucursales. Por fin consigo billetes con la cara de Mao Zedong, compro algo de cenar, pido un ticket por mi compra lo cual les resulta exótico pero igual me lo dan y se despiden con un bye-bye con el gesto triunfal de aquel que habló al menos algo de sus cursos de inglés. Entro a mi habitación, reporto mis actividades a mi esposa y socios que están despertando y luego —satisfecho por no haber muerto al cruzar tantas calles donde todas las carriolas, bicicletas, motocicletas, automóviles, taxis y autobuses conducen horrible— duermo como lirón.

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