Telegramas desde Shenzhen /01

Entro a China en barco y pienso en el asunto como algo romántico estilo novela de Julio Verne. A la oficial de migración no le importa mi visa y me pide mil y un pruebas de mi hospedaje y vuelo de salida. Con precisión militar entrego todo. Por fin entro oficialmente a la gran China continental. No tengo acceso a nada en mi iPhone porque bueno, ya sabes, aquí Google, Facebook y en general el internet occidental no es muy bienvenido. Intenté instalar WeChat en México, en Singapur y Hong Kong y simplemente no pude. Fotos de mi pasaporte, de mi visa, de mi rostro, firmas y trescientos yuanes después consigo comprar una tarjeta SIM con el único chino que encuentro en la terminal que habla más de dos palabras de inglés. El joven se esfuerza en explicarme cosas y me ayuda amablemente a configurar la aplicación. Ya en la ciudad, me alimento cien por ciento chino combinando arroz, té, puerco, queso, verduras, Coca Cola y palillos. Le digo a la hostess que todo me encantó usando mi app traductora y sonríe por mi excelente pronunciación china artificial. La hora del lunch termina y me llevan a la fábrica a supervisar el proceso de calidad con el que ensamblan nuestros dispositivos en VERSE Technology. Todo muy high-tech. Una operación muy limpia y precisa, como puedes esperar de una empresa ubicada en el epicentro de la creación de hardware de clase mundial. Mucha gente todavía no entiende que China es lo mejor de lo mejor de lo mejor en cuanto a tecnología se refiere. Y Shenzhen es al hardware lo que Silicon Valley es al software, por eso estoy aquí. Por la tarde me traen amablemente a mi hotel en Bao’an District y aunque se anuncia como «international» no hablan mucho inglés. Por fin logro ingresar a mi habitación y bueno, salgo a caminar poco después ya en la oscuridad. Teslas, Lexus, Porsches, BMWs, Mercedes Benz y otras muchas marcas de lujo por todos lados. Shenzhen es muestra de lo que cualquier país con bonanza te va a demostrar fácilmente: cuando hay dinero, hay mucha construcción alrededor. Y aquí están haciendo puentes, carreteras y edificios hacia cualquier lado que voltees. Diría Vincent Vega que lo genial del asunto está en los pequeños detalles. En la oficina del jefe de la compañía que visité tienen un escritorio chino adaptado para poder hacer té y fumar mientras hablamos. En todos lados las personas lavan en su propia mesa con agua muy caliente los platos y palillos en los que van a comer. Todos escupen sin pena alguna en cualquier lado en cualquier momento. En las calles el truco consiste en no morir atropellado por una de las miles de bicicletas o motocicletas que lo mismo van junto a los autos y autobuses que de repente se suben sin dudarlo a las banquetas. Y nadie se espanta. Es lo más normal del mundo que una señora arriba de su motoneta toque su claxon para que tú, querido peatón, te hagas a un lado y la dejes pasar sobre sus dos ruedas. Tomé unas doce tazas de té durante el día y decido que necesito algo más occidental. Encuentro en Google Maps —ese sí sirve— el McDonald’s más cercano y solicito en inglés al gerente una angus con papas y refresco por treinta y ocho yuanes. «Take away?», me pregunta. «Take away», le digo. Me llevo la hamburguesa al hotel. Mi habitación es la cinco once pero etiquetan el asunto como ochenta y cinco once por alguna cuestión supersticiosa de los números creo. Con demasiada China a mis espaldas para un día, me encierro y después de vagar por decenas de canales con películas viejas y mayoritariamente de guerra de este país, decido ver algunas de las mías en iTunes que —gracias a Buddha— sí funciona acá.

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