Telegramas desde Shenzhen /03

Llego por la mañana a Huaqiang North Road. Aquí está ubicado el mercado de electrónica más grande del mundo. Y no es exageración. Si usa electricidad, aquí lo encuentras en veinte marcas originales y en doscientas copias piratas también. Los precios son buenos aunque nada del otro mundo. Tiene secciones para menudeo y mayoreo. Wearables, drones, VR, smartphones, tablets, laptops, cables, servidores especializados en criptomonedas, chips, LCDs, cámaras, sensores y más. Dada la globalización en la que vivimos, no me topé con nada que me sorprendiera o impulsara un deseo de compra extremo, excepto tal vez por una mochila escolar con un ingenioso arreglo LCD para que tus hijos vayan proyectando en su espalda el personaje de caricatura del momento. Alrededor de la zona de todos estos rascacielos hay decenas de pequeños locales con la comida típica china. Veo muy, muy pocos extranjeros. Menos de diez en todo mi recorrido. O a lo mejor lucen como yo y se confunden entre la población. Encuentro en la calle un elevador que me invita al área subterránea de shopping y con curiosidad me meto. Soy el único ahí, raro estar solo en China. Oprimo un botón y de repente accedo a un amplio pasillo de centro comercial. Las tiendas todavía no están listas pero ya están anunciadas. Resulta que esta sección es parte del metro. Decido moverme así por primera vez en este país. Me toma pocos minutos comprar mi ticket en una de las máquinitas con excelente UX que por seis yuanes vomita un token verde y coqueto. Tengo que hacer dos cambios de línea en mi recorrido para viajar unos diecisiete kilómetros en las entrañas de la ciudad. Como en toda terminal por estos rumbos, sea aeroportuaria, de ferries o en este caso, de tren, mi mochila debe pasar una rápida pero minuciosa inspección electrónica antibombas. Entro al vagón y disfruto las conversaciones que no entiendo pero adivino. Durante los casi treinta minutos de mi viaje, dos o tres policías-inspectores pasan haciendo acto de presencia entre los usuarios, supongo que como complemento a la seguridad que el montón de videocámaras de vigilancia interna hacen continuamente. Los anuncios de cada terminal están en chino y en inglés y eso me da tranquilidad. Por fin la voz metálica anuncia «Nanshan» y salgo al distrito científico-tecnológico de una de las ciudades más nerds del planeta. Tencent, Alibaba, Baidu y todos los gigantes orientales están aquí. Mi versión curiosa y excitada se mezcla entre los ejecutivos, programadores, diseñadores y gente de R&D que sale a alguna cafetería o a fumar un cigarro o simplemente a despejar la mente fuera de sus edificios corporativos. Camino durante horas lo que son unos quince o veinte kilómetros a través de interminables avenidas, parques, museos y mucha, muchísima construcción de más y más y más rascacielos. Por fin llego al Shenzhen Bay Sports Center. Ocho de la noche. Vista impresionante. Arquitectura sublime. Chinos jugando fútbol, beisbol, corriendo. Chinos paseando a sus bebés. Chinos paseando a sus perritos. Chinos felices caminando en una tranquila noche de otoño. Edificios presumiendo su altura con iluminación high-tech y anuncios de sus empresas respectivas. Me detengo un rato a disfrutar todo esto. Estoy agotado. Sufro otro rato intentando conseguir un taxi de regreso al Gems Cube. Al tercer intento consigo entenderme con un chófer que reta la física de lo posible porque Maps dice que tardaremos cuarenta y nueve minutos en llegar y él lo logra en veintiséis. Así es China. Me lo explicó uno de nuestros proveedores: todo lo que hacen es una apuesta con miras a hacer muchísimo más de ello más adelante. Mis piernas están molidas. Compro una pizza. Me encierro. Despierto temprano. Llego al check-in de Shenzhen Airlines y me lanzo a Shanghai donde no sé cómo logro tener éxito en una conexión internacional en menos de dos horas. Agoto casi todas mis reservas de ecuanimidad. Así salgo de la gran China: exhausto, sorprendido y con mejor entendimiento de un sistema que —sorry, not sorry— funciona.

Telegramas desde Shenzhen /02

Corro cinco kilómetros a las siete de la mañana con diecinueve grados en Bao’an Park a pocas calles del hotel. Es la primera vez que corro entre tantas pendientes salvajes que exigen mi mayor disciplina emocional y dureza mental. Sesiones grupales de Tai Chi por aquí y por allá, música oriental por aquí y por allá, belleza arquitectónica y botánica oriental por aquí y por allá. Cuando te metes a un lenguaje de programación nuevo y entiendes la lógica pero no la sintaxis el asunto es ligeramente frustrante pero no imposible de abrazar. Lo mismo me pasa aquí. Entiendo la lógica de los anuncios por todos lados aunque me resulta difícil acceder a los puntos finos de cada idea. Ya extraño el café, así que busco un Starbucks y cuando lo encuentro pido por curiosidad un «latte capuchino», que así lo tienen listado. El joven entiende que quiero un latte + un capuchino. Ni siquiera intento aclarar el asunto. Me meto a un Walmart que es una octava parte de un Walmart real en occidente. Al mediodía voy de nueva cuenta a la fábrica cerca del Taihua Wutong Industrial Park. Reuniones. Té, té, té, té, té, té y un cigarro chino. Estaba fuerte. Más té. Mandarinas premium. Estoy tomando montones de té en China. Todo el asunto me parece muy cliché y por ende adorable. Me muestran las tarjetas PCB de nuestro dispositivo y la etapa de producción en la que están y salgo contento porque el asunto va avanzando muy bien. Me despido y camino hacia Jinwan Avenue. Estamos cerca del aeropuerto y aviones van y vienen a cada instante, ya sabes, en ese estilo donde están tan cerca que parecen como efecto especial de película de Hollywood donde un drama inminente se aproxima. Llego al Xiwan Binhai Park, mi segundo parque del día pero éste pegado al mar y adornado con un puente donde circula el tren de la ciudad hacia la terminal. El lugar es hermoso, alargado y elegante. De alguna forma extraña los pájaros, los aviones, los trenes, los autos y los niños componen una sinfonía a la que me acostumbro rápidamente. Camino entre piedras con manglares junto al mar y de repente entiendo algo que sólo había «experimentado» en novelas: estoy caminando en la costa China. Imagino mi posición en un mapamundi. Decido regresar al hotel cansado después de un buen rato de vagar. Encontrar un taxi en esta zona no resulta fácil. Camino, camino, camino y no puedo solicitar uno en WeChat ni llamar por teléfono porque, bueno, todo está en chino. Encuentro un hotel, hablo con una de las recepcionistas que no se pone nerviosa por el reto del inglés. La chica le grita a un tipo. Éste se acerca y grita más. Todos gritan y yo no sé si van a declarar la guerra a mi país o solucionar mi transporte. Por fin me informan que sí, que me pueden llevar a mi destino. El gusto de hacerlo me va a costar el doble del precio que me cobraron por llegar aquí. Activo entonces mi primera negociación callejera directa en este país. Quedamos todos inconformes y listo. Mi conductor y yo vamos platicando sobre el tráfico y zonas turísticas y que si México está cerca de Estados Unidos y yo sí pero somos diferentes y así. Interacción cortesía de la función «Conversation» en Google Translate. Debí haber cambiado más dinero a mi llegada porque ahora me quedo sin yuanes y se inicia así la estresante aventura de encontrar un p ATM que acepte VISA. Todo un reto que se traduce en un recorrido de hora y media haciendo experimentos en la noche en media docena de sucursales. Por fin consigo billetes con la cara de Mao Zedong, compro algo de cenar, pido un ticket por mi compra lo cual les resulta exótico pero igual me lo dan y se despiden con un bye-bye con el gesto triunfal de aquel que habló al menos algo de sus cursos de inglés. Entro a mi habitación, reporto mis actividades a mi esposa y socios que están despertando y luego —satisfecho por no haber muerto al cruzar tantas calles donde todas las carriolas, bicicletas, motocicletas, automóviles, taxis y autobuses conducen horrible— duermo como lirón.

Telegramas desde Shenzhen /01

Entro a China en barco y pienso en el asunto como algo romántico estilo novela de Julio Verne. A la oficial de migración no le importa mi visa y me pide mil y un pruebas de mi hospedaje y vuelo de salida. Con precisión militar entrego todo. Por fin entro oficialmente a la gran China continental. No tengo acceso a nada en mi iPhone porque bueno, ya sabes, aquí Google, Facebook y en general el internet occidental no es muy bienvenido. Intenté instalar WeChat en México, en Singapur y Hong Kong y simplemente no pude. Fotos de mi pasaporte, de mi visa, de mi rostro, firmas y trescientos yuanes después consigo comprar una tarjeta SIM con el único chino que encuentro en la terminal que habla más de dos palabras de inglés. El joven se esfuerza en explicarme cosas y me ayuda amablemente a configurar la aplicación. Ya en la ciudad, me alimento cien por ciento chino combinando arroz, té, puerco, queso, verduras, Coca Cola y palillos. Le digo a la hostess que todo me encantó usando mi app traductora y sonríe por mi excelente pronunciación china artificial. La hora del lunch termina y me llevan a la fábrica a supervisar el proceso de calidad con el que ensamblan nuestros dispositivos en VERSE Technology. Todo muy high-tech. Una operación muy limpia y precisa, como puedes esperar de una empresa ubicada en el epicentro de la creación de hardware de clase mundial. Mucha gente todavía no entiende que China es lo mejor de lo mejor de lo mejor en cuanto a tecnología se refiere. Y Shenzhen es al hardware lo que Silicon Valley es al software, por eso estoy aquí. Por la tarde me traen amablemente a mi hotel en Bao’an District y aunque se anuncia como «international» no hablan mucho inglés. Por fin logro ingresar a mi habitación y bueno, salgo a caminar poco después ya en la oscuridad. Teslas, Lexus, Porsches, BMWs, Mercedes Benz y otras muchas marcas de lujo por todos lados. Shenzhen es muestra de lo que cualquier país con bonanza te va a demostrar fácilmente: cuando hay dinero, hay mucha construcción alrededor. Y aquí están haciendo puentes, carreteras y edificios hacia cualquier lado que voltees. Diría Vincent Vega que lo genial del asunto está en los pequeños detalles. En la oficina del jefe de la compañía que visité tienen un escritorio chino adaptado para poder hacer té y fumar mientras hablamos. En todos lados las personas lavan en su propia mesa con agua muy caliente los platos y palillos en los que van a comer. Todos escupen sin pena alguna en cualquier lado en cualquier momento. En las calles el truco consiste en no morir atropellado por una de las miles de bicicletas o motocicletas que lo mismo van junto a los autos y autobuses que de repente se suben sin dudarlo a las banquetas. Y nadie se espanta. Es lo más normal del mundo que una señora arriba de su motoneta toque su claxon para que tú, querido peatón, te hagas a un lado y la dejes pasar sobre sus dos ruedas. Tomé unas doce tazas de té durante el día y decido que necesito algo más occidental. Encuentro en Google Maps —ese sí sirve— el McDonald’s más cercano y solicito en inglés al gerente una angus con papas y refresco por treinta y ocho yuanes. «Take away?», me pregunta. «Take away», le digo. Me llevo la hamburguesa al hotel. Mi habitación es la cinco once pero etiquetan el asunto como ochenta y cinco once por alguna cuestión supersticiosa de los números creo. Con demasiada China a mis espaldas para un día, me encierro y después de vagar por decenas de canales con películas viejas y mayoritariamente de guerra de este país, decido ver algunas de las mías en iTunes que —gracias a Buddha— sí funciona acá.

Telegramas desde Hong Kong /02

Tomo como todo un honor que en cada esquina me insistan que debo votar por alguno de las decenas de candidatos a consejos distritales. Casi me formo en alguna fila. Es un momento difícil en Hong Kong. Para ser una urbe catalogada entre las primeras diez power cities del mundo hay muy pocos automóviles y personas en las calles. Me explican que dadas las manifestaciones y protestas de los últimos meses, el servicio de transporte ha sido afectado y la gente tiene miedo de quedarse varada en algún extremo de la isla sin posibilidad de retorno inmediato a casa. Tiene sentido. Me dirijo a Victoria Peak vía Peak Road pasando por The Peak Pre-School y terminando en Peak Tower junto a la Peak Galleria. Vistas impresionantes desde el punto más alto de la isla. Hay un restaurante de Gordon Ramsey pero decido dejarlo para el día que venga con mi esposa y mientras eso ocurre me meto a Kala Toast y ordeno un espectacular sandwich maridado con una Tsingtao. Me encuentro a un joven Einstein en cera ultrarrealista y nos tomamos una selfie. Camino bastante por toda la colina hasta que me canso de tomar videos, fotografías y ver gente con la que jamás me volveré a topar y souvenirs que nunca compraré. Llegué aquí en Uber pero salgo en autobús. Casi, casi, casi logro descifrar el sistema de transporte. No me fijo mucho en cuál ruta abordar porque el punto es meterme de lleno de nuevo a la ciudad y desde ahí, entonces sí, hacer labor de detective para encontrar la línea que me lleve a la estación más cercana a mi hotel en Des Voeux Road West. Al bajar del autobús quedo cerca de un gran parque rodeado obviamente de grandes edificios. Decenas o cientos de grupos de chicas contentas bailando. Parece que hay una especie de concurso o evento. Me estreso sin internet intentando determinar ahora a cuál p autobús treparme hasta que decido caminar otro rato. De repente veo la rueda de la fortuna que crucé en mi corrida mañanera y todo se alinea. Camino nuevamente entre los muelles que ya me son familiares y resulta que sí, que la determinación parece favorecer a los audaces. Mi decisión de ruta para salir de Peak Victoria me dejó relativamente cerca de mi barrio así que disfruté un paseo vespertino de regreso a mi habitación. Es domingo. Envío y recibo varios e-mails coordinando mi visita de trabajo a Shenzhen que comienza este lunes. Duermo bien y despierto a las cuatro de la mañana. Redacto este telegrama y me dispongo a entrar a China continental para trabajar en asuntos de VERSE Technology.

Ownership.

“No hay leche Alpura”, anuncié con tranquilidad a mamá. Con la voz de autoridad que su cargo ejercía a mis ocho años, la gran mujer frente a mí me indicó que era mi deber regresar a casa con el pedido cumplido. Torcí la boca y salí fastidiado a recorrer varias tiendas de conveniencia hasta que encontré lo que me había ordenado exactamente. Otro par de excusas similares bastaron en los meses y años siguientes para entender que cuando me enviaban a comprar algo el asunto consistía realmente en solucionar totalmente, no en simplemente ir al lugar más cercano y aceptar cualquier respuesta que me quisieran dar.

Me tomó muchos años más —lamentablemente— entender que esta actitud de solucionar algo en su totalidad no era un punto válido únicamente para mi niñez sino que podía aplicarlo en mi vida profesional. Recuerdo que mi fortuna y oportunidades cambiaron radicalmente cuando dejé de esperar que mágicamente los demás pudieran darme las soluciones que en realidad me correspondían a mí conseguir a toda costa.

En inglés se le llama “ownership” a este concepto.

Cuando tienes “ownership” eres el “owner” del asunto.

El propietario. El dueño.

Ser dueño de algo tiene ventajas: es tuyo, el núcleo de su alma te pertenece.

La “desventaja” es que eres responsable de ello. Si tu automóvil choca no puedes ignorar el hecho dado que eres el owner. Te tienes que involucrar por fuerza.

Si en tu trabajo te asignan cotizar la organización de un evento, conseguir un nuevo proveedor de productos en China, negociar los salarios con los obreros en la fábrica, pon toda la responsabilidad en tus hombros y lleva contigo el asunto hasta el final, final, final. No regreses con las típicas excusas estilo “es que no me responden los e-mails”, “es que no encontré más barato”, “es que no quieren escuchar”.

No seas Aaron Benitez versión niño de ocho años diciéndole a su mamá que no encontró la marca de leche que específicamente le había ordenado.

Vas a ir a la siguiente tienda de conveniencia. Y a la siguiente. Y luego cuando por enésima vez te digan “no”, pregunta al tendero si te puede dar ideas de hacia dónde caminar para conseguir la respuesta que sabes que tienes que encontrar.

Regresa a casa triunfante.

Entiende que nadie va a aplaudir que hayas llegado con la leche que te encargaron.

Es lo que se espera de ti.

Nadie va a aplaudir cuando seas un genuino owner de los asuntos en tus hombros.

Es lo que se espera de ti.

Sé de esos verdaderos profesionales que crecen como espuma en corporaciones trascendentales propias y ajenas porque tienen la capacidad de moverse mucho más allá de lo necesario para solucionar todo lo que el destino pone en su radar.

Que si esa noche no hay leche Alpura en la mesa de tu casa es porque cortaron el suministro en todo el país y ha sido virtualmente imposible encontrarla hasta en el mercado negro durante las últimas tres semanas. Fuera de eso, no desarrolles historias derrotistas en tu cabeza.

¿Cómo empezar a ser propietario de los asuntos? Viendo todo como un entrenamiento, como una misión. Tu jefe, la empresa, el cliente, el mercado no te solicitan en realidad cotizaciones, productos, servicios, negociaciones, etcétera. Lo que quieren de ti y tu empresa es progreso en la solución de un problema.

Dales ese progreso.

No importa el cargo que tengas en la compañía. Ser owner es una actitud de vida que hace toda la diferencia entre los que consiguen las cosas que se proponen y los que no. Si piensas en términos limitados de «¿para qué si no me van a pagar extra?» tendrás toda la razón: la vida no te va a pagar extra en ese trabajo ni en otro ni en nada.

Ser un owner exitoso es un incordio por la simple razón que tienes que caminar mucho más que los demás, superar la frustración que otros prefieren evitar y soportar la indiferencia hacia tu problema por parte de todos los actores involucrados.

Pero cuando te conviertes en dueño genuino, en propietario absoluto de cada situación en tu regazo, verás que la realidad se doblega ante ti.

Y que encontrar la leche perfecta o el proveedor ideal será cada vez más fácil.

Esto es un músculo que sólo se hace y te hace más y más duro.

Desarróllalo ya.

Batallas contra el shock de la pobreza.

¿Qué problemas estás resolviendo? ¿El de llegar temprano a la fila de los boletos para el próximo partido y hacer que tus amigos se pongan de acuerdo para que te digan cuántos van a querer? ¿El de conseguir los nuevos rines espectaculares para tu automóvil? ¿El de que es 24 de Diciembre y tienes que estrenar ropa? ¿El de que hay que aprovechar este fin de semana la venta nocturna con los ocho mil meses sin intereses en tu tarjeta de crédito? ¿El de estar conectado en el segundo que activen la venta de las entradas para el próximo fantástico concierto de la megaestrella mundial que vendrá a la gran ciudad? ¿Que el nuevo presidente de Estados Unidos hoy dijo otra cosa y tienes que emitir tu opinión al respecto?

Resuelve otro tipo de problemas.

Pregúntate por qué siempre te falta el dinero. Cuáles son esas condiciones que te están posicionando cíclicamente en ese punto de desventaja. Pregúntate por qué tu círculo de amistades no te ha elevado. Pregúntate por qué las personas exitosas en lo emocional, monetario, social y profesional no te están buscando constantemente. Pregúntate de dónde están sacando sus ideas. Pregúntate qué están haciendo diferente. Pregúntate por qué no lo estás haciendo así. Pregúntate cuáles son esas cosas que crees que son verdades inamovibles sólo porque te las has taladrado a ti mismo así por muchos años.

Pregúntate si realmente te estás enfocando en los problemas que importan.

Imagina a dos tipos lado a lado dibujados en una hoja de papel. Cada uno está apoyado sobre cajas. La calidad de vida de uno de ellos es fantástica. Viaja. Conoce. Comparte. Tiene un grupo de personas geniales a su alrededor. Está en buena condición física. El otro no. El que tiene lo que tú aún no está parado sobre cajas etiquetadas como «diversificación», «audacia», «relaciones poderosas», «ejercicio», «enfoque», «largo plazo», «libros», «ejecución», «proyectos», «inversión», «compras estratégicas». El que no está en donde podría estar tiene las etiquetas contrarias: «una sola fuente de ingresos», «relaciones para divertirse nada más», «relajación constante», «saltos de una idea a otra cada dos segundos», «cautela», «cortoplacismo», «entretenimiento extremo», «parsimonia», «pláticas de horas y días para al final no hacer nada», «ahorro», «compras banales constantes».

Esto es duro, pero es cierto: la pobreza económica es la suma de pobreza emocional + psicológica + física + intelectual.

Comienza a atacar cada una de este tipo de pobrezas individualmente.

La pobreza emocional disminuye – y la puedes eliminar – analizando a tu círculo y tomando decisiones duras al respecto. Duras, duras, duras. Sé elegante. Elegante y duro.

La pobreza psicológica disminuye – y la puedes eliminar – analizándote fríamente a ti mismo y tomando decisiones duras al respecto. Aquí sé tu mejor amigo y di lo que sabes que te tienes que decir pero con cariño. Suena cursi, pero tampoco se trata de darte latigazos emocionales.

La pobreza física disminuye – y la puedes eliminar – saliendo a hacer lo que tienes que hacer: kayak, ciclismo, gym, alpinismo, natación, pesas, correr, volleyball, fútbol americano, etcétera. Pero hazlo bien. Tu cuerpo tiene que acompañar a tu mente en estas decisiones duras.

La pobreza intelectual disminuye – y la puedes eliminar – cuando eres capaz de ignorar el noventa y nueve por ciento de las cosas que todo el mundo habla para enfocarte en el uno por ciento que los sabios, multimillonarios, exitosos, estadistas y filósofos consagrados nos quieren compartir en sus libros clásicos con fórmulas probadas.

Carlos Slim dio una conferencia de prensa hace unos días.

Los reporteros presentes mostraron su pobreza intelectual con preguntas tristes y limitadas. Cuando tienes al tipo más rico del mundo que es un lector consagrado y mecenas del arte más exquisito de la humanidad, pregúntale cosas elevadas por el amor de Dios. Slim habló de Alvin Toffler y su prospectivismo. Slim habló de libros. Y puedo apostarte lo que gustes que ninguno de los allí presentes ha leído jamás «Future Shock» ni «The Third Wave», obras cumbre a las que el ingeniero se refirió veladamente al mencionar los grandes cambios que estamos viendo de la civilización actual.

Yo sé que entiendes.

O tal vez no.

Pero si lo quieres entender, ese ya es un gran paso adelante.

No silbes como los reporteros lo hicieron ante la pregunta final que apareció en el mapa de ese evento – la única con vestigios interesantes. Eso sólo demuestra tu poca estatura intelectual.

Tengamos estatura intelectual.

Resolvamos problemas de calidad. Problemas que nos pongan en posición de ventaja.

Haz una lista de las cosas que atacan tu mente y pregúntate sin piedad: ¿resolver esto me va a dar una mejor calidad de vida? ¿En serio? Luego filtra. Y ejecuta.

Y verás la magia emerger poco a poco.

Be resourceful.

Relax. Do stuff. Have fun. Learn. Inspire. Be curious. Love. Read a lot. Think, think, think. Do, do, do. Fail. Game over. Start over. No fear. Go north. Go south. Sleep a lot. Swim. Run. Walk. Write, write, write for your great-grandchildren. Breathe a lot. Smile. Fly. Be kind. Be nice. Nice, nice, nice. Be resourceful. Be dynamic. Flow. Polish yourself. Push yourself. Feel. Be wise. Wise up. Wake up. Search. Create. Sing. Hold her hand. Kiss her neck. Hesitate a bit. Create again. Talk. Wink. Flirt. Fall for it. Leave it behind. Take it and paint it. Embrace. Engage. Forgive. Ramble on and live like this.