Fragilidad y fricción.

Me ocurrió varias veces que perdí mi camino o confundí calles en distintas ciudades en Asia el año pasado. Dado que en todas esas ocasiones estaba paseando y no camino a una reunión importante —porque con eso no se juega, preparas como todo un pro tus tiempos y transporte(s) con precisión de lanzamiento espacial y listo— decidí inventarme un juego de resistencia personal que se trataba simplemente de no desenfundar mi smartphone para consultar mapa alguno. Una cosa es ser frágiles cuando sin querer no hemos estado expuestos a algún tipo de fricción —como experimentar un ambiente de guerra y espantarnos «fácilmente» la primera vez que escuchamos una bomba o un misil detonar— y otra es ser frágiles porque no nos entrenamos conscientemente para abrazar ciertas fricciones. La fricción. No la evites. Que sea algo que te entrene. Organiza una excursión familiar. Ponte al centro de un gran evento escolar. Lanza una fundación. Negocios. Cosas así que tengan cimas y valles extenuantes para el cuerpo y alma. Cuando rehuímos la fricción al primer asomo lo que hacemos es que no endurecemos nuestra capacidad de resistencia emocional. Lo de los mapas que te comento no es una cuestión que me haya dado una ganancia medible o inmediata. La idea es mantener firme el músculo de la necedad mental estilo «yo puedo solucionar esto, yo puedo regresar al punto determinado». Me gusta cuando se cruza ante mí un problema con combinación física e intelectual. Entiende que esto es de lo más poderoso para moldear tu personalidad. Minimiza la fragilidad. Piérdete y encuentra tu camino de regreso. Sé necio en estos mini-entrenamientos personales que no importan tanto para que esta actitud aflore naturalmente en ti el día que los intereses sean superiores.

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