El albur como freno.

Responder en doble sentido lo llamamos «alburear» en México. Dada nuestra idiosincracia, nos ufanamos cuando «no dejamos que nos albureen». Es más, nos burlamos de quienes no se dan cuenta que «están siendo albureados». Si uso la expresión «coger un libro» en México, bueno, no te quiero describir gráficamente lo que mucha gente piensa. De alguna tonta forma, cuando aprendemos a defendernos de los albures nos sentimos «listos», «chingones» y hasta superiores con respecto a los «güeyes a los que se alburean».

Nunca nadie jamás en la historia de la humanidad ha construido algo trascendental basado en ser muy buen alburero.

Dedicamos mucho tiempo y recursos mentales a este asunto en el país. Es un motivo de orgullo cuando le ganamos a alguien en un intercambio de albures. Aquí decimos que «nos lo trabamos». Como esto del albur tenemos muchísimos otros ejemplos de energía gastada en tonterías que podríamos emplear para cosas mejores: saber la alineación perfecta de tu equipo de fútbol favorita, coleccionar los vasos gratis que el camión repartidor de refresco nos da a cambio de comprar tal cantidad de su producto, hacer filas para empeñar la computadora y poder así pagar la cena de graduación del niño que acaba de graduarse en la primaria y demás…

Como país tal vez hay una correlación muy clara de nuestro potencial futuro: vamos a seguir siendo tercer mundo mientras sigamos con el mismo cuidado que le damos a cosas irrelevantes. En términos más esperanzadores: cuando podamos reducir nuestro enfoque en este tipo de cuestiones sin trascendencia lograremos entonces sí, tener espacio mental para construir una mejor sociedad. Esto del albur es una app, una habilidad que nos estorba, nos frena. Utilizando la técnica de cero dramas podemos desinstalarla.

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