Domingo en Bellini.

«¿En dónde cenamos?», pregunté.

«Vamos al restaurante giratorio», dijo Diego.

Fer y yo reímos, pues queríamos algo cerca y rápido para irnos a morir a la cama luego de dos días intensos de trabajo en la #BMC2020.

Un Uber después llegamos a la Nápoles. Subimos los cuarenta y cinco pisos y nos sentamos en la mesa. Mi hijo volteó a ver el piano del lugar y con determinación se dirigió a él para regalarnos a todos los comensales un performance. El restaurante aplaudió todas sus canciones y nosotros no cabíamos de orgullo.

Uno de los mejores fines de semana de mi vida cerrado con broche de oro. Love and happiness.

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