Costas que no esperábamos.

Eso que estás haciendo en estos días para pasar a modo remoto, a modo trabajo-en-casa, a modo «sigo con mis operaciones en línea y resuelvo como tenga que resolver aunque no tenga todo perfectamente resuelto en mi mente», eso se llama Producto Mínimo Viable y se abrevia MVP por sus siglas en inglés (Minimum Viable Product). El concepto MVP fue popularizado por Eric Ries en su monumental libro «The Lean Startup» publicado en 2011. Te confieso que durante años he tomado esta obra como referencia en pláticas con founders para ver su nivel de sofisticación Silicon-Valleyniana: no haber bebido a fondo la metodología de Eric es el equivalente a llamarte católico ultra-ortodoxo y no conocer bien la Biblia. Dicho todo esto, el concepto MVP es uno de esos románticos que se leen más fácil de lo que se pueden ejecutar. El asunto representa un parto del lento pensamiento académico tradicional donde todo debe llevar un orden prístino para alcanzar un resultado lógico. Con un MVP no hay mucho orden. La intención es abordarlo como un micro-experimento continuo, iterando a cada instante para ver hacia dónde nos lleva. Esto no es malo. Amazon, Netflix, Microsoft y otras en esa vena son empresas que se convirtieron en lo que son gracias a abrazar religiosamente el MVP y toda la filosofía alrededor. Probablemente la agitación mental más ruidosa que vamos a vivir en estos días a nivel social radica en ser rápidos-rápidos-rápidos para tomar decisiones, adaptarnos a las circunstancias, cambiar el rumbo sin mucho drama y terminar en costas que no esperábamos pero que nos convienen.

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