Autoempleo.

Un negocio —en mi diccionario personal— es algo que puedes dejar andando y que no se viene abajo sin ti. Es una estructura que puede mantenerse en operación e incluso crecer fuera de tu influencia diaria y directa. Muchas personas tienen autoempleos que confunden con negocios. El contador con un despacho donde él es el experto principal, el médico con un consultorio en el cual todos quieren citas únicamente con él, etcétera. Los autoempleos no están mal. Todos necesitamos pasar por ahí si queremos construir empresas. Ser el hombre orquesta —aquel que toca todos los instrumentos en una banda— nos entrena en muchas cosas. Cuando inicié mi primer negocio yo abría puntualmente, barría, hacía el marketing, atendía a los prospectos, respondía el teléfono, daba las clases, contrataba a los recepcionistas, lidiaba con el pago de todos los servicios y era el último en irme para cerrar el local. El truco está en ejecutar todo esto sólo por un breve tiempo para que no nos atrape la inercia. A partir de ahí delegamos las actividades menos relevantes y con el tiempo cedemos a otros acciones más y más estratégicas de la compañía. No te engañes. Si ahora entiendes que no tienes un negocio sino un autoempleo, toma decisiones duras e inteligentes al respecto.

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